Peligros de los soñadores
Una vez cometí el error de interrumpir el sueño de un soñador. No lo hubiera hecho; durante días estuve contaminado de fiebres delirantes ajenas, provenientes de una galaxia corrupta, mares muertos y selvas asfixiantes. Contagiado de pesadillas que acontecían en otro cuerpo y en otras tierras, no supe a qué sortilegio o terapia recurrir.
Tuve que dormir junto a una soñadora para que ella me condujera de su mano hacia mis propios sueños. Desde entonces, no despierto jamás a un soñador
El fantasma dentro de la máquina
Decía el psicólogo Carl Rogers que carecía de relevancia si la libertad existía o no, el caso es que actuábamos como si realmente existiera. Vista así, la libertad se puede entender bajo dos aspectos que se implican mutuamente: como la facultad humana, teórica o real, del libre albedrío, y como capacidad de ejercerlo frente a los obstáculos o el grado de adversidad a nuestros deseos. La primera aún es objeto de discusión para la ciencia y la filosofía; la segunda da por hecho que el albedrío es algo real, como si hubiese una región esencial dentro de la psique humana que permaneciera pura y espontánea, preservada de todo mecanismo o determinación, pero constantemente limitada por los condicionamientos y circunstancias. Bajo el consabido “Yo soy yo y mi circunstancia” se puede leer también “Yo soy libre dentro de mi facticidad”. El albedrío es la zona que sentimos en todo momento como condición de la espontaneidad; la libertad sería más bien la relación entre ese albedrío genuino o supuesto y la contraparte de sus limitaciones externas.
Todas nuestras leyes, nuestra moral y hasta nuestra educación sentimental, se fincan en la creencia de la libertad. Para sentenciar a un criminal, primero tenemos que determinar que se encuentre en “pleno uso de sus facultades mentales”. Lo mismo reza para firmar un pagaré o contraer matrimonio. Sin ese acto de fe, todo pacto social se volvería absurdo, pues cualquier relación humana requiere de antemano que creamos en la libertad del otro y en la de nosotros mismos. No consideramos que los locos, los animales y los niños sean conscientes de sus actos, o no del todo, por lo que les negamos esa libertad total para hacerse responsables de sus actos. También porque establecemos que toda libertad implica una responsabilidad, es decir, una capacidad de respuesta a las consecuencias de los propios actos libres. Como un sólido edificio de conceptos que rigen funcionalmente los comportamientos, la libertad – esa facultad que sentimos en todo momento y que no es demostrable – se erige entonces como el rasgo que concebimos como esencial en el ser humano.
Tendemos a ver a los animales como seres no-libres, sometidos a comportamientos biológicos fijados por sus acervos genéticos, de tal forma que a nadie se le ocurriría juzgar a un león por devorar a su domador. Decimos que el león no pudo haber elegido otra acción y, desde ese punto de vista, está más acá del bien y el mal. Cuando Noam Chomsky intenta establecer la diferencia entre el lenguaje animal y el humano, hace notar que todo individuo que aprende a hablar - a menos que esté dañado en sus capacidades mentales – siempre hace un uso creativo e innovador del lenguaje, incorpora con libertad expresiones nuevas, inventa formas para transmitir sus pensamientos y emociones. El lenguaje animal no permite toda la riqueza que es posible en el lenguaje humano, su misma estructura permanece tan inalterable en cada especie biológica como su conducta determinada por su genoma. Anotemos, sin embargo, que se trata de la percepción humana sobre el lenguaje.
Metamorfosis de los espejos
Inversión de los espejos
Una interpretación falaz, pero apta para propósitos literarios o fantásticos, ha deseado que los espejos inviertan la izquierda y la derecha de los objetos que reflejan. Parece evidente que al colocarse frente a un espejo, la mano derecha se vuelve la izquierda en el reflejo, mientras que la izquierda se vuelve derecha, pero ello revela menos una aparente anomalía en los espejos que su poder para impactar nuestras mentes con la posibilidad imaginaria de transfigurarse en acceso a otra realidad. La anomalía toma aires de paradoja cuando nos preguntamos por qué un espejo no invierte de arriba abajo, en lugar de hacerlo con la izquierda y la derecha, pero desaparece cuando reflexionamos en lo que realmente hace un espejo: nunca invierte de izquierda a derecha, sino el frente y el detrás. Todos los objetos y el espacio que refleja un espejo son invertidos perpendicularmente con respecto a la superficie, de tal forma que cada punto del espacio es reflejado en el espejo como si fuera reordenado en dirección opuesta a nuestra mirada: un efecto óptico de los rayos de luz que el espejo nos regresa en un sentido contrario.
Al vernos reflejados, suponemos que de alguna forma estamos “adentro” y al imaginarnos así la mente va aun más lejos y supone que la izquierda y la derecha se han intercambiado. El espejo ha creado entonces un espacio que es como una inversión de la profundidad tridimensional, un contra-espacio en el que todo se ve exactamente igual, salvo por el hecho de que tal inversión altera las relaciones que percibimos como normales entre los objetos. Si mi reflejo se mueve, lo hace en dirección contraria. Si coloco unas letras delante, el espejo las vuelve de revés. El anti-espacio creado es perfecto y no deja de provocarnos una impresión de error invencible y sutil.
Una civilización tras la ventana
Desde la reciente muerte de Claude Lévi-Strauss, presunto padre del estructuralismo (y digo “presunto” porque él mismo afirmaba que realizaba dentro de las ciencias humanas un método que las ciencias naturales venían practicando desde siglos atrás) así como antropólogo que cambió para siempre la faz de los estudios humanísticos, he vuelto a releer aquellos libros dentro de su obra que me han impactado e influido más. Lévi-Strauss sigue siendo para mí una esfinge que devuelve respuestas inevitablemente conducentes a cuestiones tan anchas y desconocidas como las mismas regiones geográficas y espirituales que visitó este incansable viajero al que sin embargo le disgustaban los viajes.
Después de haberse internado en las zonas externas a Occidente y descender a las capas geológicas que sedimentan la cultura humana, Lévi-Strauss pudo construir un mapa mental, de complejidades herméticas y desafiantes, sobre la mitología, los ritos, el arte, la naturaleza y las relaciones humanas, en una construcción totalizante que aún estamos desentrañando como si una civilización extraña, conformada con los rasgos de la nuestra, hubiera descendido a tierra para legarnos sus constelaciones de signos y las arquitecturas de su lógica . Sin embargo, él nunca se cansó de insistir que su ingente esfuerzo sólo preparaba el advenimiento para unas ciencias humanas aún por nacer, apenas entrevistas, sumidas en el horizonte del futuro.
Transcribo unos párrafos del último capítulo de su primer libro, “Tristes trópicos”, en donde me parece escuchar cierto aliento cósmico de poeta entre las vibraciones cristalográficas de su inteligencia.
Los hombres han hecho tres grandes tentativas religiosas para liberarse de la persecución de los muertos, de la malevolencia del más allá y de las angustias de la magia. Separados por el intervalo aproximado de medio milenio, han concebido sucesivamente el budismo, el cristianismo y el Islam; y asombra que cada etapa, lejos de marcar un progreso sobre la precedente, muestre más bien un retroceso. No hay más allá para el budismo; allí todo se reduce a una crítica radical, como nunca más la humanidad será capaz de hacerla, al término de la cual el sabio desemboca en un rechazo del sentido de las cosas y de los seres: disciplina que anula el universo y que se anula a sí misma como religión. Cediendo nuevamente al miedo, el cristianismo restablece el otro mundo, sus esperanzas, sus amenazas y su juicio final. Al Islam no le queda más remedio que encadenar éste a aquél: el mundo temporal y el mundo espiritual se encuentran reunidos. El orden social se adorna con los prestigios del orden sobrenatural, la política se vuelve teología. Al fin de cuentas, se han reemplazado espíritus y fantasmas, a quienes la superstición no llegaba a dar vida, por maestros demasiado reales, a los cuales se les permite, además, monopolizar un más allá que agrega su peso al peso ya aplastante del aquí.
Personaje y personalidad
En su intento por plantear agresivamente el actual conflicto de las humanidades dentro de una civilización tecnológica y casi totalizada por una cultura de masas audiovisual, George Steiner cita al filósofo Wittgenstein quien, en una célebre frase, reduce a los personajes de Shakespeare a meras “nubes de palabras”. El dictamen es controversial, y para algunos blasfemo, porque una larga tradición metafórica ha visto en los personajes de Shakespeare a seres vivientes, no vacilando inclusive en sacrificar la realidad de las personas – que se nos presenta muchas veces como ajena, fugitiva, desconocida o impenetrable; el denominado ser-para-otro, según Sartre – para considerarlas menos reales que Hamlet, Julieta o Falstaff. Nubes de palabras, y sin embargo esas “nubes” no se nos presentan difusas y caóticas, sino como formas organizadas con las cuales podemos identificarnos o de las cuales podemos distanciarnos, según los dos modos fundamentales de enfocar la situación dramática en el teatro o fuera de él.
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El personaje – un ser irreal, producto imaginario, cuya sustancia son los medios expresivos del artista – se plantea entonces como uno de los grandes misterios de la obra narrativa, teatral o cinematográfica. Ante todo, es alguien que no existe. Pero, por lo menos durante la percepción de la obra, le concedemos una existencia fuertemente identificada, y hasta igualada o superpuesta, con nuestra conciencia o con el reverso imaginativo de nuestra conciencia. Copadecer las desventuras de un personaje es un acto imaginativo y casi involuntario del espectador, ya sea que escuche un mito, vea una película, asista a una tragedia o lea una novela.
Ocurre como si la conciencia expectante se trasformara durante un lapso de tiempo en el personaje, manteniendo elásticamente también una distancia frente a él, la cual le permite juzgarlo y analizar los posibilidades imaginarias del personaje y las actitudes que éste toma ante aquellas. La conciencia se identifica y se mantiene a distancia con respecto al personaje, un doble fenómeno que bastaría para demostrar que el personaje es un objeto, imaginario pero integrado por las relaciones estéticas, emotivas y actuantes que le realizan dentro de la conciencia expectante.
Tres momentos de Henri Michaux
Hasta el borde de la adolescencia, él formaba una bola hermética y autosuficiente, un universo denso, personal y turbio, donde nadie entraba, ni padres, ni afectos, ni ningún objeto, ni su imagen, ni su existencia, a menos que no se sirvieran de esto contra él. En efecto, le detestaban, decían que nunca llegaría a ser hombre. Sin duda, estaba destinado a la santidad. Su estado era ya de los más raros. Se mantenía, como se suele decir, con nada, sin debilitarse jamás, existiendo en su más pequeña debilidad, pero encerrado, y sintiendo pasar en él grandes trenes de una materia misteriosa.
Plume
…
En el sueño me parece que nunca he aprendido lo que enseña la edad. No sé qué edad tengo. Ninguna referencia a este asunto. Y así me encuentro ordinariamente al despertar, sin edad.
En el sueño, simplemente soy. Vivo “actual” en una permanente actualidad. Apenas sí hay un “más tarde”, y justo lo preciso de “antes” para que pueda existir ese “ahora” en el cual vivo, al que asisto.
El hombre de noche en mí no ha aprendido y no sabe que mi situación ha cambiado. Al despertarme por la mañana o en el curso de la noche el desfase es extraordinario entre el individuo que comúnmente soy de noche y el que llego a ser de día y que funciona, vive y experimenta con maneras y un estilo sensiblemente diferente.
Modos del dormido, modos del que despierta
…
No me den por muerto porque los diarios hayan anunciado que ya no estoy. Me haré más humilde de lo que soy ahora. ¡Qué remedio! Cuento contigo, lector, contigo que me leerás algún día, contigo, lectora. No me dejes solo entre los muertos como un soldado en el frente que no recibe cartas. Elígeme entre ellos, por mi gran ansiedad y mi gran devoción. Háblame entonces, te lo ruego, cuento con ello.
Ecuador
Henri Michaux
En los laberintos del ajedrez gótico
El ajedrez gótico – el cual proviene de una innovación patentada por quien fuera campeón mundial de ajedrez, el cubano Raúl Capablanca – se juega con todas las reglas del ajedrez, salvo por el hecho de que el tablero aumenta en dos columnas a fin de crear espacio para dos nuevas figuras: el canciller (que mueve como torre y caballo) y el arzobispo (como alfil y caballo). Ambas figuras complementarían combinatoriamente a la dama, la cual, como sabemos, mueve como alfil y torre y sigue siendo la pieza más fuerte incluso en esta modalidad de juego.
Después de haber estado jugando un tiempo contra un programa de ajedrez gótico, encuentro las siguientes ventajas:
- Se produce un juego más agresivo, táctico y con frecuencia sorprendente.
- Casi no hay teoría del ajedrez clásico que funcione en este nuevo ajedrez, o muy limitadamente.
- Las dos nuevas piezas enriquecen el campo de la estrategia a un grado inexplorado.
- Se puede experimentar bastante en el terreno de aperturas.
- Los finales suelen elevar la fantasía del ajedrez clásico a alturas paradójicas. Por ejemplo, aunque el arzobispo mueve como alfil y caballo, es capaz de vencer a un alfil y caballo que intentan defender a su rey.
Capablanca creía que el gótico sería el ajedrez del futuro y lo consideraba más apasionante que el clásico.
Las desventajas para mí – pero también pueden resultar ventajas, depende cómo se le vean – consistirían que se siente un exceso de pieza fuertes, la complejidad aumenta a niveles agotadores y se pierde la simetría del ajedrez clásico (la dama y el rey en el centro, con sus piezas menores a los lados, mientras que el tablero ya no es de 8 x 8, sino de 10 x 8). Pero vale la pena intentar algunas partidas góticas, siquiera para apreciar su extrañeza y complejidad tanto como su familiaridad con el ajedrez clásico.
Para descargar una versión del programa, aquí:





