Transmutaciones de la ficción

Los sueños suelen extrañarnos no sólo por el hecho de que sean como ficciones incomunicables o difícilmente referibles, creadas por y representadas para uno mismo durante horas cuya sustancia temporal se modifica: también que en el sueño pareciéramos ser otros, nos dimensionamos de formas que la vigilia no se atreve o no podría fantasear. El otro que sueña y es soñado, la ficción como sueño y el sueño como ficción son temas analizados, desde un enfoque literario, en un esclarecedor ensayo titulado Ficcionalización: la dimensión antropológica de las ficciones literarias, por un profundo teórico de la lectura y la recepción literarias, especialista en hermenéutica y modernas teorías de la interpretación, Wolfang Iser, quien describe a la “ficcionalidad literaria “como una “modificación de la conciencia, que hace accesible lo que meramente sucede en los sueños.”
Sin embargo, también apunta una diferencia esencial entre el que se interna en un sueño y la actitud al adentrarse en una ficción:
El soñador esta inevitablemente atado al mundo que él crea, pero la ficcionalización en literatura permite soltarse de estas ataduras. Eduard Dreher dice que el soñador se divide en “vividor de sueños” y en “actor de sueños”, quien debe padecer siempre el mundo que ha creado. Las ficciones literarias que se muestran a sí mismas “como sí”, se revelan como una apariencia opuesta a un ser; muestran que nuestra habilidad de transmutarnos a nosotros mismos en diferentes formas no puede ser reificada.
Desconozco si sean posibles los denominados “sueños lúcidos” – en que al parecer el soñador deja de ser personaje y observador pasivos para asumir los dones del director de cine o la puesta en escena -, pero la ficción se concebiría también como una vía para soñarse lúcidamente en otros cuerpos, otros rostros, otras voces, otros ámbitos. Como una trasmutación interna por la cual escapamos a la claustrofobia de esta consciencia reificada por sí misma y por la temporalidad y espacialidad a la que está sometida.
Se impondría entonces, si fuera posible, ir hacia un surrealismo lúcido y “desautomatizado”.
No existe actividad mental más paradójica que el sueño: estás consciente y a la vez no, te ocurren cosas que no están pasando, vives una realidad que no existe, eres manipulado y manipulador, actor y director, hablas y escuchas entendiendo y sin comprender: eres otro y el mismo.