Tres momentos de Henri Michaux
Hasta el borde de la adolescencia, él formaba una bola hermética y autosuficiente, un universo denso, personal y turbio, donde nadie entraba, ni padres, ni afectos, ni ningún objeto, ni su imagen, ni su existencia, a menos que no se sirvieran de esto contra él. En efecto, le detestaban, decían que nunca llegaría a ser hombre. Sin duda, estaba destinado a la santidad. Su estado era ya de los más raros. Se mantenía, como se suele decir, con nada, sin debilitarse jamás, existiendo en su más pequeña debilidad, pero encerrado, y sintiendo pasar en él grandes trenes de una materia misteriosa.
Plume
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En el sueño me parece que nunca he aprendido lo que enseña la edad. No sé qué edad tengo. Ninguna referencia a este asunto. Y así me encuentro ordinariamente al despertar, sin edad.
En el sueño, simplemente soy. Vivo “actual” en una permanente actualidad. Apenas sí hay un “más tarde”, y justo lo preciso de “antes” para que pueda existir ese “ahora” en el cual vivo, al que asisto.
El hombre de noche en mí no ha aprendido y no sabe que mi situación ha cambiado. Al despertarme por la mañana o en el curso de la noche el desfase es extraordinario entre el individuo que comúnmente soy de noche y el que llego a ser de día y que funciona, vive y experimenta con maneras y un estilo sensiblemente diferente.
Modos del dormido, modos del que despierta
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No me den por muerto porque los diarios hayan anunciado que ya no estoy. Me haré más humilde de lo que soy ahora. ¡Qué remedio! Cuento contigo, lector, contigo que me leerás algún día, contigo, lectora. No me dejes solo entre los muertos como un soldado en el frente que no recibe cartas. Elígeme entre ellos, por mi gran ansiedad y mi gran devoción. Háblame entonces, te lo ruego, cuento con ello.
Ecuador
Henri Michaux
