El fantasma dentro de la máquina
Decía el psicólogo Carl Rogers que carecía de relevancia si la libertad existía o no, el caso es que actuábamos como si realmente existiera. Vista así, la libertad se puede entender bajo dos aspectos que se implican mutuamente: como la facultad humana, teórica o real, del libre albedrío, y como capacidad de ejercerlo frente a los obstáculos o el grado de adversidad a nuestros deseos. La primera aún es objeto de discusión para la ciencia y la filosofía; la segunda da por hecho que el albedrío es algo real, como si hubiese una región esencial dentro de la psique humana que permaneciera pura y espontánea, preservada de todo mecanismo o determinación, pero constantemente limitada por los condicionamientos y circunstancias. Bajo el consabido “Yo soy yo y mi circunstancia” se puede leer también “Yo soy libre dentro de mi facticidad”. El albedrío es la zona que sentimos en todo momento como condición de la espontaneidad; la libertad sería más bien la relación entre ese albedrío genuino o supuesto y la contraparte de sus limitaciones externas.
Todas nuestras leyes, nuestra moral y hasta nuestra educación sentimental, se fincan en la creencia de la libertad. Para sentenciar a un criminal, primero tenemos que determinar que se encuentre en “pleno uso de sus facultades mentales”. Lo mismo reza para firmar un pagaré o contraer matrimonio. Sin ese acto de fe, todo pacto social se volvería absurdo, pues cualquier relación humana requiere de antemano que creamos en la libertad del otro y en la de nosotros mismos. No consideramos que los locos, los animales y los niños sean conscientes de sus actos, o no del todo, por lo que les negamos esa libertad total para hacerse responsables de sus actos. También porque establecemos que toda libertad implica una responsabilidad, es decir, una capacidad de respuesta a las consecuencias de los propios actos libres. Como un sólido edificio de conceptos que rigen funcionalmente los comportamientos, la libertad – esa facultad que sentimos en todo momento y que no es demostrable – se erige entonces como el rasgo que concebimos como esencial en el ser humano.
Tendemos a ver a los animales como seres no-libres, sometidos a comportamientos biológicos fijados por sus acervos genéticos, de tal forma que a nadie se le ocurriría juzgar a un león por devorar a su domador. Decimos que el león no pudo haber elegido otra acción y, desde ese punto de vista, está más acá del bien y el mal. Cuando Noam Chomsky intenta establecer la diferencia entre el lenguaje animal y el humano, hace notar que todo individuo que aprende a hablar - a menos que esté dañado en sus capacidades mentales – siempre hace un uso creativo e innovador del lenguaje, incorpora con libertad expresiones nuevas, inventa formas para transmitir sus pensamientos y emociones. El lenguaje animal no permite toda la riqueza que es posible en el lenguaje humano, su misma estructura permanece tan inalterable en cada especie biológica como su conducta determinada por su genoma. Anotemos, sin embargo, que se trata de la percepción humana sobre el lenguaje.
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La libertad ha sido uno de los problemas fundamentales dentro de la filosofía, y la tradicional disputa entre los propugnadores del libre albedrío y los defensores del determinismo (o su pregunta central: ¿hasta qué punto somos libres, hasta dónde somos controlados por las circunstancias o por nuestro ser-ahí o por los condicionamientos sociales y biológicos?) ha cambiado de combatientes a lo largo del tiempo pero también ha venido a encontrar espacios inéditos en la ciencia. La última gran sistematización sobre la libertad, como se sabe, fue la que emprendió Jean-Paul Sartre en su obra El ser y la nada. Aquí encontramos no sólo un sistema ontológico y un estudio gnoseológico que fundamenta una teoría transparente y rigurosa sobre la libertad, sino también un examen minucioso, casi obsesivamente analítico, sobre el problema de la libertad en todas las conductas humanas y en las relaciones del individuo con el prójimo: del lenguaje al amor, pasando por el odio y el poder, toda la existencia humana se ve sometida a esa lupa implacable que Sartre manipula con la fría limpieza de un cirujano. Sartre revisa los tradicionales problemas filosóficos y les da una respuesta que se basa en una reinterpretación de la fenomenología de Husserl y de Heidegger, pero a su manera también se aleja y rompe con ellos.
A grandes rasgos, Sartre inicia su exposición con un ímpetu cartesiano, aunque ya desde una obra atrás (La trascendencia del ego) ha renunciado a una concepción del Yo cosificante o innecesaria: el lugar de aparición de los fenómenos es la nada, o sea, la consciencia. ¿Cuál es el ser de esa consciencia? Sartre responde: la consciencia de ser, y no existe consciencia que no “apunte” hacia algo, que no sea consciencia de un fenómeno, pero todo el universo – el ser-en-sí o “la cosidad” - se encuentra fuera de ella. Esa nada, ese vacío que es la consciencia, es lo que nos permite que el mundo fluya a través de nosotros como en un vórtice, pero también la condición de nuestra libertad, la zona de espontaneidad pura, pues Sartre llegará al extremo de afirmar que nada puede afectar a la consciencia sino ella misma. Dentro de su teoría, y a pesar de criticar duramente al psicoanálisis, los condicionamientos pasan a un plano de estudio antropológico, económico o psicológico: influyen en la conformación del sujeto, pero no determinan su libertad esencial.
Sartre propone un ejemplo, que casi ronda en la parábola, de unos excursionistas que se encuentran con un peñasco enorme obstruyendo su camino en una montaña. El determinista lo vería como un claro ejemplo de cómo las circunstancias bloquean nuestra libertad. Para el defensor de la libertad, en cambio, el peñasco es un objeto neutral del mundo, y sólo es un obstáculo porque los montañistas quieren seguir adelante. Algún excursionista usará el peñasco para sentarse en una de sus salientes, otro quizás pretenda dibujarlo, otro lo usará como protector de sol. Los entes del mundo están ahí, pero es la elección humana lo que les otorga una significación conforme a nuestros proyectos. De igual forma, Sartre llegará a analizar otras dimensiones del ser como, por ejemplo, el pasado que, aparentemente inmodificable, en realidad es continuamente cambiado, conforme a cómo lo re-significamos dependiendo del momento presente y del futuro al que nos proyectamos.
Queda sin embargo una cuestión: si la libertad es una dimensión esencial dentro de la existencia humana, ¿cómo es que vivimos entonces en un mundo donde unos pocos hombres dominan a la inmensa mayoría de los otros y en el que la misma palabra “libertad” puede ser usada para reprimir, alienar o sojuzgar pueblos enteros? Esa pregunta condujo a Sartre a escribir su Crítica de la razón dialéctica, una obra sincrética que aún no ha sido dilucidada del todo y en el que se busca arribar a una ciencia social alternativa, una antropología en que la libertad y el mundo social se expliquen como dicotomías o fases de un mismo movimiento dialéctico. Aun así, no faltaron críticos penetrantes como Theodor W. Adorno quien, aparte de estar en contra del vocabulario sartreano, encasillándolo como otra “jerga de la autenticidad”, hace notar que las obras literarias de Sartre son deficientes para exponer su existencialismo, porque muestran justamente la falta de libertad, la estructura de dominación de un mundo administrado, infiltrado en la misma consciencia de sus personajes.
Juzgado desde el punto de vista de la ciencia, Sartre introduce un fantasma dentro de la máquina cerebral. Todo el sistema filosófico de Sartre tiene su núcleo irreductible en esa consciencia, esa “nada”, que por momentos parece más allá de lo físico, es decir, cercana a una virtualidad metafísica. Advirtamos, sin embargo, que en el fondo de nuestro ser creemos en esa consciencia libre, nos convencemos íntimamente de su existencia y actuamos en consecuencia. A nuestro mundo lo solemos concebir como un entramado de libertades que buscan cada cual afirmarse y expandirse. Ficción o realidad, concepto que damos por sentado y sigue desatando candentes discusiones, la libertad continúa como la esencia irreductible a la que no renunciamos más allá de todos los determinismos y de todas sus manipulaciones.
