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Metamorfosis de los espejos

Inversión de los espejos

Una interpretación falaz, pero apta para  propósitos literarios o fantásticos, ha deseado que los espejos inviertan la izquierda y la derecha de los objetos que reflejan. Parece evidente que al colocarse frente a un espejo, la mano derecha se vuelve la izquierda en el reflejo, mientras que la izquierda se vuelve derecha, pero ello revela menos una aparente anomalía en los espejos que su poder para impactar nuestras mentes con la posibilidad imaginaria de transfigurarse en acceso a otra realidad. La anomalía  toma aires de paradoja cuando nos preguntamos por qué un espejo no invierte de arriba abajo, en lugar de hacerlo con la  izquierda y la derecha, pero desaparece cuando reflexionamos en lo que realmente hace un espejo: nunca invierte de izquierda a derecha, sino el  frente y el detrás. Todos los objetos y  el espacio que refleja un espejo son invertidos  perpendicularmente con respecto a la superficie, de tal forma que cada punto del espacio es reflejado en el espejo como si fuera reordenado en dirección opuesta a nuestra mirada: un efecto óptico de los rayos de luz que el espejo nos regresa en un sentido contrario.

Al vernos reflejados, suponemos que de alguna forma estamos “adentro” y al imaginarnos así la mente va aun más lejos y supone que la izquierda y la derecha se han intercambiado. El espejo ha creado entonces un espacio que es como una inversión de la profundidad tridimensional, un contra-espacio en el que todo se ve exactamente igual, salvo por el hecho de que tal inversión altera las relaciones que percibimos como normales entre los objetos. Si mi reflejo se mueve, lo hace en dirección contraria. Si coloco unas letras delante, el espejo las vuelve de revés. El anti-espacio creado  es perfecto y no deja de provocarnos una impresión de error invencible y sutil.

El reflejo soñado

El psicoanálisis recorre un camino que va en dirección del presente hacia el pasado, armado de un espejo que refleja el acontecer psíquico. Para el intérprete freudiano de los sueños, el espejo – el sueño urdido con símbolos y mecanismos de defensa – se configura como lo real, pues ahí aparece la verdad reprimida por la vida consciente, gobernada por las instancias superiores del inconsciente. Lo real no es lo que el sujeto cree que desea, sino el aparato pulsional que subyace y se transparenta bajo las formas metamorfoseadas por los sueños. Para Freud, en el sueño se revelan los deseos más imperiosos y ocultos a la visión del sujeto y mientras que en la vida diurna obedecemos al principio de realidad, que nos obliga a postergar, reprimir o buscar vías para la satisfacción de nuestros deseos a la vista, en el sueño toma el mando el principio del placer dentro de ese paraíso subterráneo que trasponemos al cerrar los ojos, al cruzar el espejo que separa el psiquismo consciente del inconsciente.

Los sueños suelen extrañarnos no sólo por el hecho de que sean como ficciones incomunicables o difícilmente referibles, creadas por y representadas para uno mismo durante horas cuya sustancia temporal se modifica: también que en el sueño pareciéramos ser otros, nos dimensionamos de formas que la vigilia no se atreve o no podría fantasear. El otro que sueña y es soñado, la ficción como sueño y el sueño como ficción son temas analizados, desde un enfoque literario, en un esclarecedor ensayo titulado Ficcionalización: la dimensión antropológica de las ficciones literarias, por un profundo teórico de la lectura y la recepción literarias, especialista en hermenéutica y modernas teorías de la interpretación, Wolfang Iser, quien describe a la “ficcionalidad literaria “como una “modificación de la conciencia, que hace accesible lo que meramente sucede en los sueños.”

Sin embargo, también apunta una diferencia esencial entre internarse en un sueño y la actitud al adentrarse en una ficción:

El soñador esta inevitablemente atado al mundo que él crea, pero la ficcionalización en literatura permite soltarse de estas ataduras. Eduard Dreher dice que el soñador se divide en “vividor de sueños” y en “actor de sueños”, quien debe padecer siempre el mundo que ha creado. Las ficciones literarias que se muestran a sí mismas “como sí”, se revelan como una apariencia opuesta a un ser; muestran que nuestra habilidad de transmutarnos a nosotros mismos en diferentes formas no puede ser reificada.

Desconozco si sean posibles los denominados “sueños lúcidos” – en que al parecer el soñador deja de ser personaje y observador pasivos  para asumir los dones del director de cine o la puesta en escena -, pero la ficción se concebiría también como una vía para soñarse lúcidamente en otros cuerpos, otros rostros, otras voces, otros ámbitos. Como una trasmutación interna por la cual escapamos a la claustrofobia de esta consciencia reificada por sí misma y por la temporalidad y espacialidad a la que está sometida.

(Se impondría entonces, si fuera posible, ir hacia un surrealismo lúcido y desautomatizado).

El espejo a través de Alicia

Antes de que Alicia inicie su segundo viaje – tan distinto al primero que comienza con una caída en un pozo (otra metáfora del sueño o del regreso a los orígenes)  y al que a su manera refleja – se pregunta cómo será “la otra casa del espejo”. Esta vez, será el cristal de un espejo que transporte a Alicia a otro mundo que parece surgir y diversificarse a cada paso, como si fuera creándose a medida que nos internamos en sus profundidades, mundo que sin embargo preexiste como contenido o virtual dentro del espejo. Las inversiones narrativas, poéticas, imaginativas y lógicas son más enérgicas que en Wonderland, mientras que la lógica desquiciada y el humor verbal de Carroll alcanzan puntos desconocidos de pesadilla.

Las inversiones, esos juegos de espejos que Carroll va colocando estratégicamente en los escenarios de Alicia a través del espejo, se articulan al menos en tres niveles metafóricos, como ya ha sido señalado por la crítica: el espejo, el ajedrez y el sueño. En el nivel del espejo nos vinculamos con reflejos e inversiones de carácter físico. La figuración del ajedrez nos conduce hacia las paradojas especulares de la lógica llevada a sus zonas limítrofes. El estrato del sueño nos lanza hacia cuestiones metafísicas sobre la naturaleza de la realidad. Cuando Alicia y la reina roja encuentran al rey dormido soñando, hay un instante en que el sueño – como luego, en otro siglo y otra narrativa, lo hará David Lynch – se vuelve un embudo, un vórtice de sí mismo. Alicia está en un sueño, pero ese sueño puede ser muy bien no un incontrolado sueño suyo, sino pertenecer a otro personaje de ese mismo sueño. Es decir: el sueño soñándose a sí mismo entre personajes que no son conscientes de todo el conjunto, y sólo Alicia, el único personaje consciente de ese soñar, el soñador real pero impotente a las fuerzas que le rodean, puede llevarnos de la casa en el espejo hacia un nuevo despertar.

Coda mitológica

Un antiguo ritual  demanda que se cubran los espejos cuando alguien muere, a fin de que el alma no se confunda y  extravíe en el otro mundo del espejo, quedando encerrada en el cristal. Ante un mito tan sobrecogedor, no se puede evitar preguntar si el alma sería liberada o destruida al romper el espejo. Existen sin embargo otras visiones simbólicas del espejo como objeto mágico, más alejadas de la tradición que hace del espejo un espacio paralelo al nuestro.

Para las artes adivinatorias, los espejos negros de obsidiana pueden regresar al reflejado hacia vidas pasadas, o el reflejo del agua, en  noche de luna llena, goza de una incierta fama predictiva. Es posible rastrear los sedimentos mágicos que el espejo ha ido depositando en la memoria de las culturas, pero una observación de índole teológica parece común a muchas de ellas: si el universo está habitado por un  alma cósmica, una mente omnisciente  o un espíritu absoluto, que refleja en su totalidad la existencia, entonces la facultad del vidente se sustentaría en un poder de involucrarse con ese espejo de todos los espejos. El oráculo  como un fragmento o región de un espejo que todo lo abarca. No habría entonces otro espacio imaginario o en clave, sino dos dimensiones para una misma realidad hemisférica.  Y como escribiera Salvador Elizondo: el espejo ante todo.

Ante todo está el espejo.

(Publicado en el No. 1 de la revista El gran vidrio,  Octubre 2010)

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  1. 28 abril 2013 en 1:26 am

    Quizá lo que más me conmueve de los espejos es que implican reconocerse.

  2. Maria Antonieta
    12 diciembre 2015 en 4:50 pm

    Me resulta controvertido el tema. Al ser zurda, tuve que aprender a hacer las cosas frente al espejo.
    De niñas, jugar con el efecto de profundidad al acostar un espejo frente a nosotras e ir avanzando para nuestra mente era retador y placentero.
    Los sueños lúcidos, me parece que si los he experimentado y al darse cuenta mi protagonista onírico de que es un sueño, si, bien lo dices, viene una impotencia consciente; una apatía dentro del mismo sueño hasta el punto en que se corre un riesgo y allí la mente toma las riendas del sueño y, al menos en mi caso, manipula el desenlace.

  3. 15 junio 2017 en 12:49 am

    Thanks designed for sharing such a good thought, paragraph is nice,
    thats why i have read it entirely

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