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La pregunta de K. Dick

 

Ubik - K Dick

Una llamada telefónica normal es capaz de generar su propia paranoia, pues ¿cómo sabemos quién está realmente al lado de la línea? ¿Qué es lo que recibimos sino una voz sin cuerpo, producida a través de ondas electrónicas y circuitos analógicos, y que podría ser simulada en sus detalles precisos y matices diferenciables?
Se dice que Philiph K. Dick sometía a sus amigos a periódicos tests para comprobar que fueran ellos quienes llamaban y no extraterrestres, demonios, agentes de la CIA o simulacros, haciéndoles preguntas cuyas respuestas confirmaran su identidad. El tema de la identidad, su naturaleza inapresable y no obstante su téorico suplantamiento, tuvo repercusiones y variantes tan memorables como pesadillescas a lo largo de su obra. Tanto le obsedía, que llegó a someter a Dios a uno de sus tests.
Le ocurrió durante un sueño en que, según afirma, Dios se le reveló, pero Dick deseaba estar seguro de haber sido visitado por la omnipotencia divina. Así que formuló una pregunta a la altura de las circunstancias, que la presencia divina respondió, dejando a Dick con la total certidumbre de no haberse dejado confundir por las corrientes del sueño y sus fabricaciones numinosas.
Pero al día siguiente, Dick había olvidado por completo cuál era la pregunta; por más que quiso recordarla, fue en vano.
Ahora otra pregunta: ¿es posible concebir una pregunta cuya respuesta podría “delatar” a Dios? Creo que tal pregunta es imposible. Me explico: los gurúes, los iluminados, los charlatanes, los adivinos, suelen asombrar porque en apariencia saben cosas que no podrían saber: trafican con aquello que está más allá de lo perceptible para nuestras limitaciones. La pregunta de K. Dick sólo podría ser respondida ya no con algo desconocido que sin embargo pueda ser conocido por el ser humano (la demostración o refutación de la Conjetura de Goldbach, por ejemplo, o todos los volúmenes que se perdieron en la biblioteca de Alejandría o el número de veces que está destinado a latir tu corazón), porque ello revelaría a un ente de sabiduría superior  – alguien por encima de la genialidad o con poderes de videncia, o procedente del futuro o de una civilización alienígena más avanzada, etcétera -, pero no necesariamente a Dios.
Tal respuesta tendría que conformar un conocimiento que sólo Dios pudiera poseer y que al momento de ser transmitido al ser humano, éste pudiera comprenderlo, o sea, confundirse con el ser divino.  No sabemos si K. Dick vio a Dios, como legendariamente pretendía, pero la pregunta que le formuló es, creo yo, inconcebible al menos en términos racionales. Queda lo místico, que Wittgenstein describía así: “lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo”. O en otras palabras suyas: “El enigma no existe. Si una pregunta puede siquiera formularse, también puede responderse”. Pero K. Dick hablaba de una pregunta que no puede siquiera formularse, y quizás sólo sería entrevista en la fiebre del delirio, en los sueños lúcidos, en el trance místico. Fuera de ahí, imaginamos y callamos.

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  1. Anónimo
    20 febrero 2016 en 4:29 am

    Esta cosa no me permite decir que me gusta. Pero me fascinó. Tengo una experiencia personal igual de delirante, pero sé que fue real.Felicidades, es genial como nos envuelves con la magia de la palabra.

  2. Anónimo
    12 julio 2017 en 7:49 pm

    Sería interesante relacionarlo con los acertijos que muchos héroes tuvieron que decifrar para satisfacer a los guardianes de x tesoro o de sabidurías ocultas.

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